sábado, 16 de agosto de 2014

Súplica para ser enterrado en la playa de Sête - George Brassens

La muerte, que nunca me perdonó
por haber sembrado flores en los agujeros de su nariz,
me persigue con un encono imbécil.
Así que, seguido de cerca por los entierros,
me pareció bien poner al día mi testamento,
pagarme un testamento.

Moja en la tinta china azul del Golfo de Lion,
moja, moja tu pluma, oh, mi viejo notario,
y con tu más bella escritura
anota lo que tendrá que ocurrir con mi cuerpo,
cuando mi alma y él sólo estén de acuerdo
en un solo punto: la ruptura.

Cuando mi alma tome su vuelo hacia el horizonte,
junto a la de Gavroche y a la de Mimi Pinson,
las de los vándalos y las grisettes.
Que ante el suelo natal se lleve mi cuerpo,
en un sleeping del Paris-Mediterráneo,
con término en la estación de Sète.

Mi panteón de familia, vaya! no está muy nuevo,
vulgarmente hablando, está repleto,
y si de ahí no sale nadie,
se corre el riesgo de que se haga tarde, y no puedo
decirle a estas bravas gentes: apartaos un poco,
dejad sitio a los jóvenes, de alguna forma.

Justo al borde del mar, a dos pasos del oleaje azul
caven, si es posible, un pequeño agujero mullido,
un buen nicho pequeño.
Cerca de mis amigos de infancia, los delfines,
a lo largo de este arenal donde la arena es tan fina,
en la playa de la cornisa.

Es una playa donde, incluso en sus momentos furiosos,
Neptuno nunca sople toma demasiado en serio.
Y cuando un barco naufraga
el capitán grita: “¡Soy el jefe a bordo!
¡sálvese quien pueda! ¡El vino y el anís primero!,
cada uno a lo suyo y ánimo”.

Y es ahí que, en otro tiempo, una vez, a los 15 años,
en la edad en la que divertirse solo ya no es suficiente,
conocí el primer amor.
Al lado de una sirena, una mujer-pez,
recibí del amor la primera lección,
tragué la primera espina.

Con todo el respeto hacia Paul Valéry
yo, como humilde trovador, voy más allá que él.
El buen maestro me lo perdone.
Y, al menos si sus versos valen más que los míos,
mi cementerio sea más marino que el suyo,
y no moleste a los autóctonos.

Esta tumba en sandwich entre el cielo y el agua,
no dará una sombra triste al cuadro,
sino un encanto indefinible.
Las bañistas la utilizarán
como sombrilla,
para cambiar de ropa y los niños pequeños
dirán: qué guay! un castillo de arena!

Es mucho pedir: sobre mi pequeña parcela,
plantad, se los pido, una especie de pino,
pino parasol de preferencia;
que sabrá prevenir contra la insolación,
a los buenos amigos venidos a hacer sobre mi concesión
reverencias de afecto.

Tanto venidos de España y tanto de Italia,
todos cargados de perfumes, de bellas músicas,
El Mistral y la Tramontana,
sobre mi último sueño derramarán
sus ecos,
de villanela un día, un día de fandango,
de tarantela, de sardana.

Y cuando tomando mi loma como almohada
una ondina venga, gentilmente, a dormitar,
con menos que nada como traje;
pido perdón por anticipado a Jesús,
si la sombra de su cruz se acuesta un poco encima,
para una póstuma felicidad.

Pobres reyes, faraones, pobre Napoleón,
pobres grandes desaparecidos que yacen
en el Panteón,
pobres cenizas de consecuencia.

Tendrán un poco de envidia del eterno veraneante,
que pedalea sobre las olas en sueños,
que pasa su muerte de vacaciones.