sábado, 3 de noviembre de 2012

Vías De Ausencia - Gladis Lopez Riquert


¿Cómo no recordar aquellos años,
cuando la aventura vivía en el sol
que estallaba en hierros de verano,
y en el frío de julio intentando
detener la fiesta del domingo?

Nuestra niñez caminaba entre los rieles,
sobre ellos hacíamos apuestas:
El primero que cae vuelve saltando,
y no puede tocar ningún durmiente.

Durante toda una semana era nuestra
la vía entera, los pedruscos, la distancia.
Los miércoles, el tren se detenía
en la vieja estación.
Saludábamos de lejos sus chirridos, su vapor,
sus vagones y misterios y noticias.
Y la ilusión: algún día ser pasajero.
Irse. Y volver.
Llegar y verte —niña y mujer, hombre y aún niño—
trepada mano en alto en los alambres.
Y decirte por fin lo que te quiero,
lo que siempre te quise.

Pero primero nos partió el destino
empecinado con su mira en arruinar
los amores niños.
Y vos te escapaste con tu miedo
—fue algún miércoles—,
y yo te despedí con mi entereza,
esa que desde el principio de las cosas
jamás sirvió de nada.

Y poco a poco fui yo sin tu presencia:
ya no caminábamos las vías
ni despertábamos durmientes,
y ya no había ilusión por tu regreso.
¡Ay, si vieras…!
Las trochas se han cubierto de funcionarios yuyos,
de sindical vergüenza.
¡Ay, la dirigencia!
¡Cómo puede un corazón latir sin trenes!
Ninguna apuesta al amor que los convoque
al plácido andén donde soñamos.

Y ahora que la vejez
corre aún más rápido que aquel ruidoso tren
de nuestra infancia,
me atrevo a veces a mirar el campo:
busco algún aviso, algún anuncio que me diga
qué ha sido de tu vida y de mi espera.
¡Y qué será de nuestro pobre pueblo
tan lleno de fantasmas!