viernes, 27 de mayo de 2011

Mutación - Fernando Andrés Puga

De la boca brotándole la espuma.
De la boca.
De la boca insaciable,
saturada.
De una boca repleta de ceniza
de la que ya se han caído las palabras.

Y la espuma que brota de esa boca
no es espuma que lave las heridas,
que acaricie los poros de la piel
o despeje las nubes de la noche.
No.
Es espuma iracunda,
Combativa.
Espuma de una boca enajenada
dispuesta a morder.

Y mientras de la boca la espuma va brotando,
los ojos desmenuzan la negrura
para abrirle camino a las lágrimas rotas.
Rotas por un dios que de soberbio
ha marcado los naipes
y ha reído
al ver a los hombres condenados.

Fermenta la boca.
Se corrompen los ojos.
Y de las manos naciéndole fantasmas.
De las manos.
De las manos marchitas,
conquistadas.
De unas manos vaciadas por el tiempo
que abrazaron cadáveres ardientes.

Los fantasmas que nacen de esas manos
no caerán a los pies de las espadas.
No temblarán ante el rostro de la muerte
ni lamerán rudas botas oxidadas.
No.
Serán bravos fantasmas,
Insolentes.
Burlarán las murallas de los dioses
dispuestos a invadir.

Y mientras de las manos fantasmas van naciendo,
los pies se entreveran en la tierra
para darle descanso a los pasos perdidos.
Perdidos en trincheras de metal
que negaron el paso a los valientes
y hurtaron el fuego que custodian los héroes.

Hierve la boca.
Se desgranan los ojos.
Las manos dan a luz.
Se entrelazan los pies.
Y del hombre irradiándole palomas.
Del hombre.
Del hombre infinito,
inescrutable.
Un hombre enamorado
que regresa del miedo.