domingo, 13 de mayo de 2012

Maria doloris – Héctor Ranea


Me miro tras un torrente de transparencia acuática
en la que de mi boca parten sólo gestos
que no puedo comprender
(desde este otro lado)
.

Armado en verbos teñidos de verde,
apenas verde, estoy
tras
una opalescencia verde,
que sólo puede ser humedad
de musgos diluidos en el espejo en el que me miro,
mirándome.

Llevando esos gestos a la acción,
hinco mis uñas en el brazo que llevo
colgando a mi lado
y rasgo
una suerte de piel gelatinosa, que se deja llevar
como una espuma se deja arrastrar por la lluvia
y como en el hielo profundo, enorme, celeste y verdoso,
del mismo tono que el rostro que me mira,
que me arrastra,
el dolor
es un apenas cristal,
algo de hielo,
que surge de lo profundo del espejo,
de esa parte que no puede mirarme
porque la luz tarda demasiado en llegar.

Y todo duele,
desde la uña que arranca la piel
hasta la piel muerta arrastrada y duele
el agua que la purga, la maldice,
la tiñe del color que tienen las imágenes en los sueños
y duele el aire que circula
dibujando el color de las cosas que me miran.

Duele un viento olvidado en un ocaso,
duele la noche en que olvidé un árbol plantado en la nostalgia,
duelen recuerdos que no tienen quién los recuerde.

Es el dolor de una milésima de segundo en el aire.

Las plumas quebradas de un pájaro
hecho de vidrio de azúcar
que en silencio se acalla
como si en el mismo volcán que aparece
en el torbellino,
los muelles se quemaran sin chispas
sin llamas
sin sustancia.

Arden mis manos,
me arrancan la piel
con la que me cubro de la mirada verdosa
de ojos que habitan un espacio
que no puedo alcanzar,
donde las llamas de la boca surgen del color de un musgo
diluido en torrenciales lluvias de llanto callado.
Y el dolor habita en el contenido de las lágrimas.

En la crujía de un esqueleto
que se derrumba junto con la piel, la gelatina,
que abren las uñas que duelen y hacen doler. Allá,
en lo más oscuro de un sacrificio
que el ojo apenas alcanza a ver
en un desliz de la luz.

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